Partidos por la mitad Jorge Volpi
Un bloque, 170 diputados; el otro, 172. El primero lo forma la derecha, encabezada por el Partido Popular -que ganó en votos y escaños- y sus aliados de Vox, la ultraderecha; el segundo, progresista, con una amplia coalición dirigida por el Partido Socialista Obrero Español y Sumar, la nueva plataforma que concentra el voto a su izquierda, a los cuales se podrían adherir los nacionalistas. En las elecciones celebradas el pasado domingo, las más competidas de su historia democrática, España quedó prácticamente partida por la mitad, en una situación insospechada en la que Alberto Núñez Feijóo, el candidato del PP -y favorito para ganarlas- no conseguirá formar gobierno, mientras que su rival, Pedro Sánchez, del PSOE, tiene posibilidad de repetir su mandato en La Moncloa si logra la ardua tarea de poner de acuerdo a quienes ya lo votaron y obtener la abstención de los nacionalistas catalanes de derecha, agrupados en Junts per Catalunya.
Las votaciones del pasado 23 de julio -en pleno verano- fueron consecuencia de la sorpresiva decisión de Sánchez de convocarlas anticipadamente luego de su derrota en las municipales. Este órdago -como suelen llamar en España, a partir del juego del mus, a las apuestas del todo por el todo- no es el primero que el líder socialista acomete: así fue como logró recuperar la presidencia de su partido en 2017, llevar a cabo una moción de censura exitosa contra Mariano Rajoy en 2018 y al cabo repetir como presidente del Gobierno en las elecciones de 2020 gracias a un acuerdo, in extremis, con Unidas Podemos y los nacionalistas.
La suya es una carrera única en nuestra época: un político dotado con una capacidad de riesgo que le ha permitido imponerse una y otra vez cuando sus adversarios ya lo dan por vencido. Este talento para sobrevivir ha sido a la vez su mayor baza y su mayor flaqueza: para sus seguidores, habla de su tenacidad y visión; para sus enemigos, de su hipocresía. Una vez convocadas las elecciones, el PP y Vox decidieron emprender una campaña ad hominem, centrada únicamente en derrotar al sanchismo. Concentrado en este único objetivo, Núñez Feijóo mantuvo una permanente ambigüedad respecto a qué haría con Vox, un partido archiconservador y ultranacionalista que en esos mismos días negaba la violencia machista y el cambio climático, censuraba obras de arte, despreciaba a la comunidad LGBTI+ y provocaba a los nacionalistas catalanes con medidas represivas, una vez que ganara las elecciones, como preveían todas las encuestas.
Para México, un par de enseñanzas: la personalización de una campaña en contra de una sola persona no basta para el triunfo. Y más importante: las políticas extremistas pueden ser contenidas a pesar de la polarización. Acaso España sea un país partido por la mitad, pero al menos una clara mayoría no está dispuesta a dejar pasar a la ultraderecha.
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